Artículo Quíos

Tras mi paso por Quíos sentí la necesidad de reflexionar sobre el papel lo vivido. Así plasmé la experiencia.

Son las 12:30 de la mañana. La temperatura ya alcanza los 30 grados y ni la brisa consigue aplacar el calor. El ferry procedente del Pireo atraca en el puerto de Quíos. De él bajan cientos de turistas dispuestos a pasar unos días de vacaciones en la isla griega. Arrastran maletas, ligeras, poca ropa y una tarjeta para los gastos. El rugir de las ruedas en el asfalto pasa de largo rumbo a las agencias de alquiler de coches. En una hora todos se marchan hacia hoteles, apartamentos y casas esparcidas a lo largo de los 850 km2 de la isla.

A pocos metros, en una explanada de tierra, mochilas y edredones con nudos a modo de maleta, esperan junto a sus dueños. Sentados en el suelo sobre mantas grises aguantan el calor desde hace horas. Son refugiados que han llegado en una barca hinchable a las 5:30 de la madrugada. Como tienen que pagar un autobús para que les lleven a un campo cerrado en mitad de la isla, y no han querido hacerlo, no se les da solución inmediata y se les mantiene apartados al fondo del puerto. La espera obligada lleva cada mañana a varios refugiados a acercarse a la orilla, ponerse de cuclillas y mirar hacia el horizonte. Al otro lado Turquía, el castigo de recordar por todo lo que han pasado, la bendición de poner 10 kilómetros de agua de por medio.

Ocho horas antes suena el teléfono: ¨Una patrullera trae un grupo de refugiados interceptados en el agua, íd a ver si necesitan algún tipo de atención sanitaria¨. Esa ha sido la constante durante casi todas las noches de mi experiencia en Quíos. Una o dos barcas rescatadas y llevadas a puerto durante la madrugada. Nuestra labor, asegurarnos de que todos llegan bien y más tarde colaborar con las ongs locales dándoles ropa, agua y comida.

Las personas voluntarias, después del Frontex, la policía formada por agentes de diferentes países de Europa, somos la primera cara que ven, las primeras personas que les hacen sentirse a salvo. No es mucho, primero extender unas mantas en el suelo para que puedan sentarse, darles mantas a ellos para que se abriguen. Más tarde, cambiarles los calcetines mojados por unos secos, ponerles una bolsa de plástico sobre los nuevos para que puedan seguir usando su calzado empapado. Después, cambiar los pantalones de los refugiados que estén mojados por encima de la rodilla. Son las mujeres y los niños los que peor llegan. Los hombres se sientan en el flotador de la barca y las mujeres y los niños se protegen en el centro, sentadas en el suelo de una barca con tablas de madera por donde pasa el agua. Ahora el tiempo es favorable, no quiero imaginar el sufrimiento que habrán pasado en pleno invierno con temperaturas bajo cero y 10 grados en el agua. Una vez secos, se les reparte una botella de agua y dos bollos. Todo esto, que parece poco, para ellos es mucho. ¨Shokran, shokran¨, te dan las gracias de corazón, en sus caras, a pesar de tener motivos, no hay queja, sonríen porque se sienten a salvo, ya están en Europa.

El problema está que Europa les ha cerrado las puertas. Ahora están entre dos mundos, del que quieren escapar y con el que sueñan. El proceso, largo y casi imposible. Al igual que en otras islas griegas, Quíos tiene campos de refugiados. Vial, un barracón en la montaña rodeado de concertina, donde más de 1000 refugiados se reparten en contenedores y el espacio dentro de una gran nave. La comida es escasa y las condiciones de higiene nefastas. Desde el 3 de mayo, varios de ellos están en huelga de hambre reclamando sus derechos. Los otros dos son Souda, un campo en las murallas históricas y Depethe, incrustado entre casas en el centro de la ciudad. Más de mil personas en contenedores y tiendas de campaña. Estos campos son abiertos y cientos de refugiados deambulan de un lado a otro a la espera de que se abran las fronteras y les den una oportunidad. ¨Sólo pido que mis sueños no se mueran en la arena de este campo¨, Rami Tayseer se quejaba en una de las muchas conversaciones que hemos tenido. Al igual que él, todos y cada uno son personas con nombre y apellidos, con familia, sueños e historias que prefieren olvidar.

Han huido de la guerra, su país es ahora una ruina sin futuro, sin hospitales ni colegios. Me cuentan que se despedían de sus hijos para ir a comprar el pan, porque podía ser lo último que hicieran. La familia Othman confiesan que para llegar hasta Souda han transcurrido meses esquivando hasta 44 controles militares donde les robaban, poniéndose en manos de traficantes para cada movimiento, porque a pesar de ser malas personas, son los únicos que les ofrecen la posibilidad de llegar a Europa. Más de diez mil euros para escapar de la guerra. ¨Subidos en esa barca, sabíamos que era nuestra última oportunidad, si la policía nos encontraba, regresaríamos a morir en Síria¨.

He visto como una familia formada por dos ancianos, su hijo, su nuera, embarazada de más de ocho meses y tres nietos con discapacidad total, arriesgaban su vida para escapar de la guerra. No entiendo que alguien piense que estas personas puedan venir a hacernos daño, no entiendo que los gobiernos no tengan mejor solución que dar seis billones, con b, a Turquía para quitarse el marrón de encima, no entiendo que la sociedad no se ponga en la piel de un refugiado, y piense que querría él para su familia estando tirado en el barro de un campo de refugiados, por llamarlo algo, ya que algunos se acercan más a prisiones que a un lugar de acogida.

Los refugiados han perdido la fe en las personas que hacen la guerra, pero no en lo que representa su país. Todos esperan volver algún día confiando que Siria, Afganistán, Irak… vuelvan a ser, lo que antes de los intereses bélicos fueron. Pero tienen muy clara una cosa, se pueden reconstruir las casas, pero ¿quién les reconstruye a ellos? No pude ofrecerles otra cosa más que silencio, lágrimas y mi más sincero abrazo. Said Adleen me decía, ¨Somos personas que lloran desesperadamente, pero que nadie nos oye porque estamos dentro de una cueva¨. Aunque en mi opinión, una cueva sería mejor que esto, ya que aquí están estancados sin saber que será de sus vidas. Para Wassim Omar, profesor de inglés en Damasco, su gran preocupación es la educación de sus hijos, quién les devuelve los años perdidos. Dónde está el futuro de mi país, si los niños no se forman. Después de hablar con él durante horas, se despide sentenciando: ¨Prefiero que me traten como a un animal, por lo menos me tratan¨.

Así han transcurrido quince días de mi vida, en una isla preciosa llena de olivos, yendo y viniendo, robando horas al reloj para que me deje ayudar más. Colaborando con Zaporeak, cocineros del País Vasco que generosamente trabajan de sol a sol para dar de comer a 1400 refugiados. También con los de CESRT, voluntarios de todo el mundo que vienen para darles ropa, comida y abrazos. Y ahora seré crítico, porque la decepción ha sido máxima con las grandes organizaciones gubernamentales que han brillado por su ausencia. Regresaba en el avión sabiendo que más de treinta niños sin padres se quedaban en Vial desatendidos, porque las ONG´s encargadas, no están cumpliendo con su cometido. Debo hacer una mención especial a los habitantes de Quíos, durante meses han ofrecido su ayuda sin fisuras, pero ahora con las fronteras cerradas, los refugiados crecen en número cada día al contrario que sus ingresos, ya que el turismo baja. ¿A caso Europa contempla esto? ¡Qué va! Por eso veo normal que la gente local este cansada, a la par que los refugiados. La tensión aumenta de manera justificada a ambos lados, por los derechos olvidados y por la rutina de una isla rota por fragatas de guerra amarradas en puerto como si fuera lo más normal. La tensión romperá la cuerda y los responsables seguirán sentados en sus despachos estirando su traje para que no se arrugue.

Para finalizar diré que en el siglo XX hubieron dos grandes guerras en Europa, más de 50 millones de personas huyeron de la guerra para recibir cobijo en muchos países del mundo. Hoy en pleno siglo XXI, mucha menos gente, huye de guerras que los intereses del primer mundo provoca, y las fronteras se cierran. ¡Qué mala memoria tenemos!

 

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