ARTÍCULO EN DIARIO DE NAVARRA

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Hace unas semanas estuve en Polonia, para presenciar la respuesta social y gubernamental ante la salida de ucranianos por la guerra. Lo que están viviendo es terrible, y la acogida está siendo ejemplar. Pero aquello me sugirió una reflexión, porque el resto de guerras, igual de terribles no se escuchan en las noticias? ¿por qué no acogemos a todas las personas de la misma manera? Os dejo la entrevista que me hizo Sonsoles.

El bombero navarro Xabier Luna, de la ONG ‘Y os lo cuento’ con la que viaja por el mundo prestando ayuda, ha regresado de la frontera de Ucrania con Polonia. Aplaude la labor voluntaria con los refugiados, pero critica que no se ofrezca una igual en otros países

 ¿Por qué lo más justo me parece tan injusto?” Xabier Luna se plantea esta pregunta en varias ocasiones durante la entrevista. Y se termina respondiendo a él mismo. “Supongo que por la desigualdad”. Esa diferencia en el trato a las personas de la que él ha sido testigo en los últimos años con sus viajes solidarios alrededor del mundo. Un trato diferente del que ha tenido más consciencia, si cabe, en su última aventura solidaria en la frontera de Ucrania con Polonia a finales de marzo. Y acaba de regresar a Pamplona con un sentimiento agridulce. De aplauso a toda la ayuda voluntaria y desinteresada que se está prestando a los refugiados ucranianos que escapan de la guerra, los bombardeos, el horror y la muerte en su país. Mujeres y niños que reciben, nada más cruzar los pasos fronterizos, alimentos, ropa y la posibilidad de viajar de forma gratuita a cualquier país de la Unión Europea, en los que ya son ciudadanos de pleno derecho. Un aplauso que se empaña, en la mirada de Luna, por el trato tan diferente que se ha prestado “y se sigue prestando” a otros refugiados (sirios, afganos, africanos…) en otros lugares del mundo. Con el objetivo

de mostrar “realidades olvidadas”, este bombero, vecino de Mutilva, de 42 años y empleado en el parque de Tudela, fundó en 2017 la ONG ‘Y os lo cuento’. Con ella viaja por el mundo (recorrió Europa en bici hace cinco años para ayudar a los refugiados que llegaban a Grecia y ha colaborado en Palestina, en campamentos de refugiados saharauis, y en distintos proyectos sanitarios o educativos en Colombia, México, Guatemala, Honduras, Perú, Haití, Zambia, Kenia, Gambia…) “No es que no haya que dar voz a la guerra en Ucrania. ¡Por supuesto que sí! Pero no olvidamos que existen

conflictos en medio mundo”, recuerda. De hecho, el dinero que había recaudado para los refugiados ucranianos (1.150 euros) lo destinará finalmente a Yemen (al sur de la península arábiga). “Para que no seamos ciegos ante otras guerras invisibles. Y para que ampliemos nuestra mirada”. En las líneas que siguen cuenta la realidad que acaba de vivir en la frontera de Ucrania con el sur de Polonia durante la última semana de marzo.

“Quería ver qué estaba pasando ante este éxodo de desplazados y refugiados (diez millones de personas en poco más de un mes, cuatro de ellos fuera de la frontera de Ucrania). Con los antecedentes en la frontera con Bielorrusia, cabía pensar que su entrada iba a ser un problema. Pero no”. Así, Xabier Luna contactó con una chica polaca de 23 años, Joanna, que había sido ‘au pair’ en Tafalla. Ella le ha servido de intérprete durante los ochos días que se ha movido entre Medyka y Przemysl, dos ciudades al sur de Polonia a catorce kilómetros de la frontera con Ucrania, Cracovia y Varsovia (la capital). “Me interesaba ver la respuesta social y la movilización cerca de la frontera”. ¿Y qué ha visto? “Un exceso de ayuda. Bomberos, militares, policía, voluntarios… Casi pelándose por ofrecer agua, comida, ropa, productos de higiene… a los refugiados ucranianos. Todo gratis”. Lo mismo que está ocurriendo, subraya, en las estaciones de tren de Cracovia y Varsovia. En la capital se han abierto museos, guarderías, colegios, casas particulares… para ofrecer ayuda a los ucranianos. Y el estadio Torwar (donde juega la selección nacional de fútbol)

se ha habilitado como centro de acogida (alojamiento, comedor, ofertas de trabajo…) “Allí está todo muy organizado. Se dan unos mil números al día, se les gestiona la documentación para que se queden en Polonia o viajen a otros países, hay espacios para que jueguen los niños, se les dan caramelos, chocolate, peluches… Se les habla en su idioma ¡Me parece ejemplar! Pero me meto en la piel de otros refugiados que las están pasando canutas en otros lugares y me resulta tan injusto… Hay muchos más países en conflicto y lenguas en las que se podrían escribir esas instrucciones de salida y acogida. ¿Dónde están? En algún cajón de Bruselas”.

 ¿Dónde están los sirios?

Xabier Luna buscaba conversar con algún sirio o afgano que hubieran huido de su país y estuvieran en Polonia. “Pero no

los encontré. Por lo que dicen, están a 300 kilómetros, en los bosques. Muriendo de frío en la frontera con Bielorrusia”. Se refiere también a los autobuses, furgonetas, caravanas y coches particulares que viajan hasta Polonia para traer a España a refugiados ucranianos para que

empiecen una nueva vida en nuestro país, al menos, de momento. “No se pone ningún problema. Sin embargo, no siempre

ha sido así. En 2016, unos bomberos punto de morir ahogados en el mar Egeo fueron detenidos y acusados de tráfico de personas”, denuncia. Aunque no hace falta irse tan lejos, continúa su relato. “Hace tan solo unos días, en la frontera de Bielorrusia con Polonia, cuatro personas que recogían a refugiados no ucranianos para llevárselos a sus casas fueron detenidas. ¿Por qué está diferencia?” Y aún ofrece otro ejemplo. “En la frontera de Polonia con Ucrania hay dos filas. La de los ucranianos y la de personas de otras nacionalidades o razas. Una avanza y la otra se estanca. No hace falta que diga cuál es cuál. ¡Y todos huyen de la misma guerra!”

En media Europa, recuerda, viven millones de refugiados que no lo han tenido fácil. “Nadie escapa por gusto. Los que vienen desde África o Asia han experimentado un infierno en su viaje y son tratados como mercancía. ¿Por qué un ucraniano puede coger un autobús o un tren y un sirio no puede montarse en un ferry que le lleve de Turquía hasta Grecia para huir?” Xabier Luna también comprobó sobre el terreno cómo trabaja la ONG ‘World Central Kitchen’, impulsada por el cocinero José Andrés y que está operando en Ucrania y los países fronterizos desde que estalló la guerra el pasado 24 de febrero. “Llevan a cabo una gran labor y se ofrece comida caliente. Desde luego, creo que es la respuesta que se tiene que dar. Pero nunca he visto una reacción similar en el estrecho Calais (junto al Canal de la Mancha, que separa Francia y el Reino Unido), Ceuta, Melilla o los campos de refugiados saharauis o palestinos. Es más, muchos de los refugiados que llegaron a Europa en 2016 siguen esperando en campos una entrevista para el asilo. En campos sin calefacción ni escuela. Vallados, fríos y con un futuro muy

difuso”. En Przemysl, al sur de Polonia, Xabier Luna coincidió con Antonio, un médico valenciano de la ONG ‘Juntos por la vida’, encargada de gestionar el viaje de autobuses repletos de refugiados ucranianos hacia España. Y entonces lo tuvo claro. “Es evidente que este conflicto ha puesto sobre la mesa que no todos somos iguales. Que personas que han llamado a nuestras puertas en numeras ocasiones han recibido un portazo en toda regla. Pero que ahora ven que sí es posible la acogida y, además, resulta fácil. Hemos fracasado como seres humanos”. Pero, insiste, aún podemos dar voz a los conflictos silenciados. “Podemos abrir nuestras

fronteras a quien quiera cruzarlas. Da igual de dónde venga. Solo así lo que es tan justo no me resultará tan injusto”.

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