LAS ABUELAS DE MARAMBA

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Maramba es una de las comunidades hacia donde van dirigidos los esfuerzos de KUBUKA. Ahí está el proyecto de huertas a donde va destinada nuestra donación. Con está entrada os cuento la historia de las abuelas de Maramba.

Cuando la tele no decía nada interesante y el cielo se caía, en largas tardes de sábado, con bocatas de chocolate y mantequilla, mi abuela nos contaba historias de su infancia, de su juventud, sus luchas y aventuras que, por su forma de contarlas, por su magnitud, parecían de ficción pero eran tan reales como la vida misma.

Una mañana de febrero, la misma lluvia, un día indeterminado, sin teles a la vista, me acerco a la granja que gestiona el grupo comunitario de mujeres Maramba Community Home Based Care (MCHBC, Zambia). En una habitación oscura llena de estanterías por las que se asoman setas, con un denso olor a húmedo y a tierra, me esperan ellas, las abuelas de Maramba: Beatrice, Erita, Esther y Mery. Y allí no hay sofá, ni alfombra, pero en círculo, en unas banquetas, me acomodo para escuchar lo que a buen seguro será una gran historia.

Una historia que comienza en los años 80 con un país, Zambia, aún joven (la independencia llegó en 1964), ilusionado, pero que afronta problemas muy serios. En Livingstone, pequeña ciudad cercana a las famosas cataratas Victoria y que se empieza a llenar de familias llegadas del campo, destaca un problema por encima de todos, el SIDA.

Habla Beatrice, portavoz del grupo, mujer mayor, cuya edad es imposible determinar pero fuerte de físico y carácter. Ella lleva el peso de una familia con un marido atrapado por la bebida y varios niños huérfanos a su cargo y se gana la vida vendiendo en el mercado.

“La gente con SIDA moría, y no por falta de tratamiento, sino porque no querían ir al hospital para evitar ser juzgados.” Algunos vecinos y vecinas decidieron unirse en grupos comunitarios como el que ellas integran, para acudir a las casas de las personas enfermas, cuidarlas, darlas de comer y enseñarlas, a ellas y sus familias, a luchar contra el estigma de la enfermedad.

Su lucha llamó la atención. Además de visitar a estas familias diseminaron la información por la ciudad y redactaron informes para las autoridades. Y esto tuvo resultados: el Estado comenzó a financiar el tratamiento del VIH y empezó a reunirse con ellas para apoyarlas en la medida de lo posible. Durante estos años una iniciativa gubernamental tras otra se han acercado al grupo para realizar reuniones y formaciones con las mujeres. Y ellas, considerándolo su responsabilidad, han pasado ese conocimiento al resto de la comunidad.

Uno de sus mayores avances fue la compra de un terreno para plantar diferentes tipos de frutas y verduras (berenjenas, pimientos, cebollas, setas…) que luego venden a comercios y particulares. Los beneficios, cuando las lluvias o la sequía lo permiten, van a pagar los costes de la comida o tasas escolares de huérfanos o familias desfavorecidas. Pero también van destinados a sí mismas ya que, como ellas reconocen, para poder ayudar al resto, deben poder sostenerse a sí mismas, y las abuelas son voluntarias con pocas fuentes de ingresos.

Maramba es una comunidad anexa a la ciudad de Livingstone y aquí la tradicional historia de África se repite. Familias enteras viajando hacia los núcleos urbanos en busca de una oportunidad que no es accesible para todos. Barriadas de casas frágiles que se extienden kilómetros y kilómetros alrededor de las ciudades. “Si no hay trabajo, no hay comida y no hay nada que hacer. Y así llegan problemas como el alcoholismo, las drogas y la violencia” se lamenta Mery.

Sin hacer mucho ruido dos abuelos se han sumado a nuestro círculo: Mr Muyangana y Philip. MCHBC está también formado por hombres, pero es cierto que la proporción de mujeres es mucho mayor.  Les pregunto por qué y todos admiten que “los hombres son más difíciles de juntar, tienen que trabajar para llevar comida a la familia mientras que las mujeres tienen más tiempo libre” reconoce Beatrice.

La posición tradicional de la mujer está muy arraigada en el imaginario colectivo africano y en ocasiones cuesta encontrar gente que los desafíe.

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Sin embargo cuesta creer en esta afirmación viendo que los mercados, comercios e instituciones públicas de Zambia están llenos de mujeres trabajadoras. Las abuelas reaccionan. Esther comenta que “el cambio está llegando, pero demasiado lento” y Beatrice puntualiza que se oye mucho “hablar de género pero apenas se aplica.”

La religión, cuyo peso en Zambia es innegable, tiene mucho que ver ya que “en la Biblia el hombre llegó primero y, por lo tanto, se le da prioridad para liderar y la mujer es la ayudante” dice Philip. Pero las abuelas contraatacan porque “así como Dios no nos dio prioridad en un principio puede dárnosla ahora y las cosas van a cambiar” sentencia Beatrice.

 

Para terminar, pregunto cuándo veremos a la primera mujer presidente de Zambia y me doy cuenta de que he abierto la caja de pandora. No sé cómo salir de ahí. La conversación sube de decibelios y pasa a Nyanja, la lengua local. Y no hace falta hablar Nyanja para entender que Philip y Mr Muyangana no están dispuestos a abandonar esa visión tradicional de género mientras que, las abuelas, pese a pertenecer a la misma generación, defienden con fuerza y positividad un futuro diferente para ellas, sus hijas y nietas.

El ambiente se ha caldeado. “Vamos a terminar no vayáis a echar a Philip del grupo” concluyo como broma para rebajar la tensión. Todos ríen pero les cuesta levantarse, habíamos montado un buen grupo de debate y afuera llueve a mares. Salimos a hacernos la foto de grupo de rigor. Bajo el árbol, rodeados por una lluvia insoportable y bien juntos y sonrientes porque, a pesar de los detalles, de los problemas que indudablemente se deben afrontar y superar, están allí para la comunidad y no pueden decepcionarla.

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