Estocolmo

Estocolmo es el final de este camino, no el final de mucho trabajo que queda por hacer.

El 15 de agosto llegaba a Estocolmo. Una quimera hace dos meses, una realidad hace unos días. De la idea a la baldosa que soportó todo el peso de mi pie tras 3792km.

El primer día salí con optimismo a la calle, tenía varias direcciones y asociaciones para visitar. La primera estaba relativamente cerca y el sol ausente durante casi todas las etapas de Suecia, esa mañana le había dado por brillar. Invitaba a caminar. Al final de la calle Karlbergsvagen, en el 86 había un bar. Una pareja mayor dispone el sitio para su apertura. “¿Es aquí dónde está Welcome refugees?” No exactamente, los martes hacen actividades con refugiados. “Hoy es martes” excepto este, que se han tomado fiesta. Tampoco hay nadie de la asociación para que me de contactos. Aún y todo veo un sitio acogedor, donde cada martes juegan al pin pon, ven películas, charlan y comen, donde a las 21:00, cuando cierra el bar, ninguno quiere regresar a la realidad de sus casas.

Siguiente parada, el Parlamento, desde hace dos semanas hay una manifestación de cientos de personas en la calle. Protestan por las condiciones y la mala gestión de asilo a los refugiados. Llego al Parlamento, allí hay un festival cultural que empieza ese día, pero no encuentro a los cientos de personas que había visto en el periódico. Ese si que iba a ser un buen contacto con refugiados, información y experiencia para lo que me queda de Estocolmo. Pero no hay señales. Una agente local me indica que la manifestación se disolvió ayer a la noche. Según él, veían que la protesta no iba a servir de nada y por eso la han cancelado, según yo, justo ha empezado un festival y no quieren que se empañe el desarrollo del mismo. Por unas horas he perdido otra oportunidad.

Siguiente parada la iglesia Santa Eugenia. Esta vez si que hay alguien, el padre Marc Stephen me atiende y me cuenta que en esa iglesia con la llegada masiva en octubre pasado se les atendió para pasar la noche y darles comidas hasta normalizar el proceso de reubicación por diferentes sitios de Suecia. “¿Y vosotros qué actividades hacéis?” Es que ahora justo estamos de vacaciones, “¿Y algún proyecto de otra organización?” Los que conozco lo dejaron la semana pasada hasta septiembre. Puedes probar en estos sitios…

Salgo de la iglesia como he entrado, sin información sobre refugiados ni poder verlos. Ya es tarde y tendré que esperar al día siguiente. Regreso para escribir la historia de Hussein y subir algo más de información al blog.

Es 17, y me queda ese día. Primero tengo que empaquetar la bici para llevarla al avión. A las 12 ya estoy libre para ver proyectos y refugiados. En el metro voy a la calle donde se supone que está Caritas Sverige. Ahí no hay nada. Cerca está Soziale Missione. Tampoco hay refugiados, pero me cuentan un poco sobre su trabajo de recepción y asesoría a refugiados, principalmente familias y me indican que quizá la Cruz Roja si que pueda contactarme con refugiados en la ciudad. Así que voy a la sede central y de nuevo me doy de bruces. Están de vacaciones y no saben donde se ubican los refugiados ni actividades de otras asociaciones. Me parece incomprensible que haya 50000 refugiados en esa ciudad, que haya decenas de asociaciones y que o estén de vacaciones o no sepan nada. O hay mucho secretismo o pasividad respecto al trabajo de otros con respecto a tu mismo campo. Me voy frustrado de la Cruz Roja, mucho ánimo, buen proyecto, pero poco resultado. Esa tarde ya sólo me queda otra dirección que sale de Caritas y de nuevo está equivocada. Ya es tarde y no he conseguido nada, me niego a irme de vacío.

Regreso al hostel para buscar si antes de coger el vuelo puedo ver algo y Caritas organiza un encuentro. Me temo que la nueva dirección esté equivocada y vaya en balde. Pero no me queda otra. Es ya 18 y a las 12:00 tengo que estar en el aeropuerto. Pero a las 10:00 voy a varias paradas de metro del centro y busco el lugar. En la puerta hay un cartel que pone Caritas, es un paso positivo. Dentro Christina, una hermana de la congregación me atiende y conversamos sobre su proyecto, el mío y como mejorar la situación. Van llegando algunos refugiados, dos chicas de Mongolia, una peruana, una nigeriana con sus hijos y una chica de Eritrea. Son gente aún sin papeles, unos llevan más tiempo, otros recién llegados. Ahí se les ayuda con el idioma. Comparto mi última hora con ellos, con sonrisas y con el buen sabor de boca que da ver que hay puertas abiertas para la gente que busca normalizar su vida.

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