ABD ALKAREM

Abd Alkarem

Abd tiene 16 años, es de Damascos y viaja con sus padres, sus hermanas y un primo. En mis últimos días en Quíos traté de hacer entrevistas a refugiados. Una de las mañanas ayudé a un grupo que Llegó de madrugada y en él viaja Abd. A la tarde fui al campo para entrevistar a la familia Othman. Abd andaba cerca, como un niño,  curioso de ver que estaba haciendo, pero no se fiaba. Al verle tan joven y educado, ya que a la mañana nos ayudó mucho a traducir, le pregunté si me concedía una entrevista. Su primera respuesta es no y le dije que gracias. Al rato, después de la entrevista y seguir hablando con más refugiados, su curiosidad le lleva a acercarse a mi y decirme que le explique de nuevo que quiero exactamente, le cuento y accede. Así que me siento a entrevistarle y sus respuestas son escuetas y pasivas. Ve que mi intención es buena y que me llevo bien con los refugiados, pero noto en su actitud que no se fía de nadie y tiene recelo. Así que la entrevista y la información que le saco es escasa y con poco de si mismo.

Se ve que son de familia bien. El estudia pero dice que quiere ser jugador de baloncesto. Con la misma edad que otros refugiados, creo que el haber vivido en una ambiente con más facilidades y que el viaje no haya sido tan duro, le hace ser de la edad que es y no más mayor como se han visto obligados muchos de los refugiados.

El 2 de marzo comienza su viaje con un vuelo a Estambul. De ahí viajan en coche hasta Esmirna. Y cruzan a Quíos en una barca de noche. Esto me hace reflexionar que al final da igual si eres rico o pobre, cuando llegas a un puerto, a ojos de los voluntarios eres como los demás, un refugiado, en la barca eres como los demás, un refugiado y si has perdido tu casa, tu trabajo y tu dinero y huyes, eres como el más pobre de los refugiados.

Quieren llegar a Alemania. Con ciertos refugiados, los de clase alta, siento que su objetivo se cumplirá tarde o temprano, que el dinero lo paga todo y los papeles corren más cuando hay dinero de por medio.

Para él Siria es increíble y no entiende como la gente se puede hacer tanto daño. Cómo puede haber gente tan mala. Si algún día vuelve a ser como antes, no sabe si querría regresar.

Lo que quiere ser es un hombre de negocios, para poder ganar dinero y ayudar a su familia a salir de ese sufrimiento.

Cuando le pregunto que opina de la guerra, o que quiere decirle a los gobiernos europeos o a las siguientes generaciones, me dice que no tiene palabras, que no tiene opinión. Veo que es un poco por la inmadurez, por la edad y por la desconfianza.

Me suelta tres frases breves, que ya no sabe de quien fiarse, que se siente muy triste y que ahora tienen que esperar para saber que será de su futuro.

Al día siguiente es mi último día. Abd me ve despedirme de los refugiados, con abrazos sonrisas y el me acompaña. Me dice que conozco a mucha gente y que ve que estoy ahí para ayudar. Quizá el llegar y sentir que su vida se va a estancar, sentirse como un refugiados y procesar toda la información me privó de saber quien había dentro, pero su actitud en un día era ya más positiva, ayudaba a traducir y pude ver crecer en un día a un joven de 16 años, más seguro que en el último año de su vida.

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